Mirta es viuda y tiene 83 años. Es viuda hace 10 años y es mi vecina. Tiene 3 hijos que nunca aparecen, muchos nietos, creo que algún bisnieto.
Mi vecina goza de buena salud. Todavía le quedan algunas ganas. Es coqueta, ha tenido un buen pasar y lo demuestra. También tiene una acompañante terapéutico.
Un día me crucé a su hijo, que la esperaba en la vereda. Lo saludo y le pregunto por la madre, por su salud (por la acompañante) y me dijo que no, que estaba bien "Mejor que vos y yo" y que la compañía habia sido una desición de ella. Y que no era terapéutico, era compañía.
Ese día era sábado. Me fui.
Al otro día, (los domingos son algídos) encontré en el diario un artículo sobre la cuestión neuroquímica del amor. Decía que había, según las imagenes obtenidas a través de una máquina poderosa y moderna, por eso efectiva, tres clases de amor en la vida de las personas. Una es el impulso sexual, otra el amor romántico y la tercera, el apego.
Alguna fibra me tocó. Yo, que ando atravesando una complicada soledad y que me he arruinado más de un domingo por el patético temor a su irreversibilidad, caí en la cuenta de que no he ido más allá de eso. De que no me puse a pensar en lo que podia pasar si eso tambien pasaba. Pensaba en Mirta, que supo recorrer (le adjudico) correctamente por todos los casilleros esperables del juego de la vida. Y pensé en su resultado.
Tambien pensé en las tres clases de amor y se me ocurrió que no sólo estaban ubicadas específicamente en la anatomía sino que también en el tiempo, que es como una espiral invisible. Al principio es el apego, luego sobresale el impulso sexual, luego se le suma en el mejor de los casos el amor romántico, luego van y vienen y le ceden finalmente importancia al final de la vida al que sobrevive, al apego, que nunca desapareció sino que sostuvo todo lo demás.
Y me acordé de la acompañante de Mirta, que a cualquier precio (literalmente) no quiso quedarse sola.
Y, con el diario en la mano aún, levanté la vista y le dije a la pared: "Esto, entonces, no se va a terminar nunca", y me entristecí.
Pero al rato supe que sólo así podía patear el tablero en el que estaba jugando y jugar a otro juego, el que se me cantara. Y me relajé.
Porque todos, le volví a decir a la pared, juegan al mismo juego y todos los finales son el mismo repetido.
Pelotita
Hace 6 días

2 comentarios:
Alguna vez tuve un profesor de Karate (un "Sensei", en realidad). Me gusta pensar que todavía lo tengo. -Yo enseño Karate, no filosofía-, decía cada tanto. Sin embargo, la regalaba en pequeñas grageas. Una de ellas, generalmente dirigida a mí, era "tenés que aprender a hacer sin pensar". Y no era un tipo que no pensara lo que hacía. Generalmente, cuanto más pienso cómo hacer una cosa, más la cago.
Bueno, Anónimo, lo invito a patear el tablero.
pateemos.
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