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Habia tres hermanas, las hermanas Pena. En realidad se llamaban de apellido Peña, pero por esa fastidiosa crueldad de los registros de las personas de antes, cuando los grandes las precedieron, los anotaron con N. Se llamaban, entonces, Pena.
No se hacían problema, al contrario, a ellas les resultaba importante esa historia porque su vida era tan aburrida y vetusta que necesitaban algo para poder contar sobre ellas. No estaban contentas con su vida, digamos. No eran agraciadas en absoluto. Cuando se juntaban a 'tomar el te' parecía una reuníon de consorcio del puerto de Mar del Plata: dos lobos marinos y una foca. (hasta los bigotes tenían las hijas de remilputas).
Jugaban, todas las mujeres de su condición deben hacerlo, al Quini 6. Fantasear con llevarse el pozo las hacia soportar la sensación de fracaso absoluto. Y, sorteando cualquier estadística una vez tuvieron un día tanto orto que lo sacaron, solo ellas (siempre compraban uno entre las tres), con un pozo que venía vacante desde hacía 6 meses: Un fortuna.
Tanta avidez tenían de ser alguien más en el mundo que decidieron que iban a cambiar de vida. Ahora podian, sí! Su sueño amasado por tantos años ahora era pausible de ser concretado. Fueron a Figurella, a Slim, a Ravena, a lo de Rímolo. Se pusieron electrodos hasta en las pestañas. Compraron pelo natural de tenistas rusas y modelos suecas para no ser menos que las extensiones de Su, se pusieron tetas, labios, uñas y los dientes faltantes y después de 6 meses salieron. Parecían las Trillizas de Oro con un petardo ern el tujes cada una. Compraron una mansión en la Boyita, al lado de la de Tinelli, a la que volvieron una zona de glamour y fantasía. Se hicieron amigas de Marcelita Tinayre, de Leticia Bredice, de Marta Minujin y de Flavia Palmiero. Eran top top. Pero se sentían inhibidas por la figura y el porte de Ricardo Fort, esa sensación de fracasdo y autestima nula seguía amenazando desde algún Rolls Roy de Miami y se les hacía insoportable. No querían volver a estar en el infierno y decidieron tomar alguna medida. Y a problemas extremos soluciones extremas: programaron una fiesta en esa mansión y, para hacerla más fastuosa e inolvidable (conuna gigantografia de Peter Sellers con barniz marrón como cartel de bienvenida) llenaron la pileta con Don Perignón. Era el paraíso de los trasnochados. Nadie se quiso perder esa fiesta. Gastaron un porcentaje significativo de su jóven fortuna pero la hubieran puesto todas con tal de brillar. Con esta sí que salimos en la Gente! Dijeron contentas, al son del hitazo de Zulma Lovato, y se tiraron a la pileta en bombita, dejando una estela de brillos de oro tras sambullirse en la parte honda.
- No, no! dijo el jardinero, no se tiren chicas! No saben nadar!!!! - él las conocía desde chiquititas. Era lo único de su pasado que habian conservado.
- Pero si no lo necesitamos!!! - Dijeron a coro. Y ante la mirada entre desesperada y atónita de los invitados, dijeron:
- Hasta el más tonto sabe que las Penas no se ahogan en el alcohol!
Esta mañana un relator de noticias decía que hace un mes de la muerte de Sandro. Sandro me gusta, me dio tristeza su muerte, pero sobre todo porque la suya fue la condensación de otras muertes recientes, cercanas.
Cuando era chica me atormentaba saber que todo era finito, que nada es para siempre. Entonces me detenía a pensar en las cosas que más quería y me entristecía saber que iba a llegar el momento en que iba a perderlas.
Hace un rato, cuando pisé la calle en este día amarillo y húmedo, brillante, recordé, como un pequeño sismo, un día en particular en otro lugar, en otra ciudad, que compartí con la persona que más amé (y aún a veces duele). Y me quedé parada ahí, tratando de retener por más de un segundo esa sensación. Y cuando se me fue volví a sentir aquella tristeza, me estremecí pensando en lo que no tiene reverso pero decidí, porque de eso se trata, cerrar los ojos y sonreír.
'Todos sucede por algo', se me ocurrió pensar.
Y si no es así, habrá que inventarle un motivo. Que no sea en vano.
Estoy leyendo un libro. En él, un soldado, habiendo estado en el infierno (o la guerra, que es lo mismo) a la vuelta, 20 años después, no entiende a los demás. Dice que se siente un extraterrestre cuando ve a la gente preocuparse porque no tiene un trabajo, o porque no puede pagar el seguro de su auto. No recuerdo exáctamente cuáles son las situaciones cotidianas que enumera pero es más o menos algo así.Luego, su interlocutor en la historia le responde alguna boludez pero recuerda, como si en ese momento cobrara sentido, una frase, algo así como 'Gracias a Dios, aun nos queda la muerte'. Yo no la entendí, y cerré el libro. No estoy teniendo muy buena relación con la muerte últimamente.Días más tarde prendí la tele y me puse a mirar una serie que trata de un tipo que es policia o detective o algo que resuelve casos difíciles. Todo esto viene a raíz de que años atras reventaron a su propia familia. Antes de ese episodio era un tipo que se ganaba muy bien la vida engatuzando gente con trucos de habilidad mental, un Tony Kamo del primer mundo incapaz de tener registro de nada que no tuviera que ver con él mismo.Antes que eso, incluso antes de leer el libro, me pasó a mi, a nosotros, que estando en una sala de espera de una terapia intensiva, sosteniendo congoja y esperanza con los dientes apretados (como para que no se escape), las enfermeras del servicio dejaban sus puestos de trabajo porque uno de los que alli estábamos alguna vez salió en la tele y querían una foto, y me indigné hasta la verija.Sin embargo no tenía razón en enojarme. Las miserias siempre son absolutamente individuales, propias, y solamente quien haya tenido que pasar por una penosa contingencia puede cambiar de sentido, de dirección, de perspectiva. No se trata de otro, de otros, allí donde está la muerte en cualquiera de sus formas no hay vínculos, sólo lugares de los que no se puede volver.
En un pequeño pueblo de una provincia cualquiera del interior profundo del país un día empezó a llover. Llovió por un día y medio y después paró, pero fue suficiente para que se inundara todo. Después de la lluvia el pueblo estaba con 25 cm de agua. Era un pueblo establecido en una suerte de depresión del terreno, es decir, no estaba sobre el nivel del mar, estaba un chiquitín más abajo, entonces hacía un efecto palangana que conservaba el agua en su lugar. Los habitantes del pueblo andaban con los pantalones arremangados y agarrándose la cabeza. Luego de dos días el agua bajó, pero ahora tenía 17 cm. Y no bajó más. No se iba, no había manera.
No perdieron la cosecha porque los que tenían campo los tenían en los alrededores, donde no había llegado el agua porque estaba a otro nivel, más arriba. Los animales también, estaban en el campo por ende corrieron la misma suerte que los sembrados. Estaba todo bien, no iban a morir de hambre, es sólo que tenían 17 cm inamovibles de agua.
Pasaron los días. A la quinta semana después de lo sucedido, cuando ya quedó establecido que iba a quedar así, cuando ya no había esperanzas de que cambiara el panorama decidieron juntarse para tomar alguna medida, presentar estrategias, algo.
Se juntaron en la municipalidad. Estaba el intendente, estaba el secretario de salud, estaba el concejo deliberante, estaban los secretarios, estaba el juez de paz, había tres escribanos y varios civiles interesados. No había mucho espacio, hacia bastante calor y había una humedad repugnante así que con las debidas disculpas cerraron las puertas del salón de actos.
Por algún motivo que no soy capaz de replicar aquí no se podía tocar el sistema de desagüe, una complicación relacionada con la cañería. Un tema de ingenieros.
No encontraban una forma en lo inmediato de desagotar. Además, convengamos, solamente contaban con mano de obra, el pueblo no tenía dinero y el Estado no estaba dispuesto a subsidiar ninguna obra. Al parecer estaba establecido en algún libro de actas de vaya a saber qué asamblea que el estado iba a dar una ayuda económica sí y sólo si el agua sobrepasaba los 20 cm.
Había que pensar algo con lo que había.
Estaban todos reunidos, con los pantalones arremangados y/o botas de goma, acalorados, con caras de preocupación, pensando qué hacer.
La conclusión a la que llegaron finalmente, aunque muy a pesar de todos, fue elevar el nivel del piso. Al día siguiente saldrían camiones de carga a conseguir arena, piedras lo que encontraran para rellenar el piso, para ganarle ‘altura’ al agua, como decían algunos para ilustrar el procedimiento cuando lo hicieron público al resto de los habitantes, los que no habían participado de la reunión, para empezar cuanto antes.
Imagínense el laburo que conllevaría, porque todas las construcciones edilicias estaban afectadas, no sólo las calles y las veredas. Había agua por todos lados. Agua en la calle, en la plaza, en las casas de familia, en las iglesias, en la municipalidad, agua en las estaciones de servicio, en las escuelas, en las verdulerías, en la concesionaria de autos, en la biblioteca, en el cementerio (daba miedo la sola idea de pensar en qué pasaría si la tierra que contenía a los muertos de repente se empezara a ablandar), en los talleres de autos, en la cooperativa, en las canchas de fútbol, de basquet, en los jardines de infantes, en las pequeñas fábricas, en la joyería, en la bicicletería, en todos lados, absolutamente todos lados había 17 cm de agua.
Y se acercaba navidad, era 7 de diciembre y había que llegar al 24 a la noche con las cosas solucionadas porque sinó iba a ser un horror. Todos los festejos pasados por agua serían incncebibles.
A alguien, a algún fantasioso se le ocurrió escribir esta historia y venderla a algún productor o escritor y con eso hacer unos mangos para agilizar las obras necesarias.
Viajó a la Capital luego de concertar una reunión con alguno de los posibles interesados y, prolijamente y con respeto, se acostumbraba en el pueblo, presentó la idea. Había armado una carpeta, había pasado todo a máquina (las computadoras no se podían usar porque con el agua era un peligro), todo precioso.
El tipo con el que se reunió, al cabo de terminar con la última hoja de su borrador, le dijo:
- No señor Bauer, no tendría sentido. Esto no vende.
- Pero cómo que no? Si es una historia que no había pasado nunca. Hubieron inundaciones pero nunca tan largas y tan raras. Ojo, no le quiero vender gato por liebre, pero es una buena historia para hacer una película, o una novela, no sé...
- Lo lamento Bauer. Tiene razón, pero no va a poder ser. Usted vea. Todos estamos al tanto, sabemos de qué se trata el cine catástrofe. Una ola de 500 km de altura destruye todo Manhatan, un meteorito cae sobre NY y explota todo. Un cambio climático producido por la contaminación ambiental hace que la Estatua de la Libertad tiemble de frío...
- Pero...
- Espere, déjeme terminar. Todas estas cosas ocurren en Estados Unidos, que tienen derecho porque tienen la tarasca y a los superhéroes, aunque por el mismo motivo, pero los tienen.
- Si... – Bauer empezaba a entender.
- Usted me entiende, no? Yo con todo gusto le compraría la historia pero no lo voy a hacer porque no me resulta redituable. Imagínese. Saltamos de ver un terremoto que parte al medio Beverly Hills a contemplar una chata y mesurada inundación en un pueblo de Sudamérica, donde no pasa, en realidad, nada más que eso.
- Entiendo.
- No se me ponga así hombre. Ya se va a ir el agua de alguna manera. No se ponga triste. Ahora mi secretaria le va a pasar el número de una periodista que conozco, es una amiga, que le va a hacer una nota. Para que al menos no se vaya de la Capital sin haber salido por la tele.
- Bueno...
- Además, Bauer, nadie quiere ver, nadie en su sano juicio querría involucrarse con una historia como esta, tan real que podría pasarle a cualquiera. Téngalo en cuenta para la próxima. Al menos agréguele algo de fantasía. Me entiende? Yo me pongo en el lugar de todos, porque yo soy todos. Cuando veo las noticias generalmente me detengo en el oso que casi se lastra al suizo que se pasó de vivo en un zoo de Rusia, o en la historia de la modelo más alta del mundo, ni loco me pongo a escuchar a mi vecino, que trabajando a la par mío perdió todo por la crisis o por un mal negocio. No, Bauer, porque eso me podría pasar a mi, y no quiero saber nada. Lo mismo con estas películas... Usted sabe de qué le hablo. Ahora vaya, cualquier cosa me llama.
Bauer salió y la secretaria lo recibió con un número de teléfono y una dirección de mail, la mia. No alcanzó a salir en la tele, los minutos salen caros y las noticias tienen un ranking. No todas salen. Lo único que llegué a hacer, por Bauer, por el pueblo, es dejar, al menos, esta humilde crónica.
Tengo una teoría.
He tratado de estar a la altura de las circunstancias, he investigado y leído porque este asunto me ha quemado la cabeza de una manera radical. Le sostuve la vela a mi convicción porque no me dejaba dormir. Y he llegado, por fin, a una conclusión.
Las mujeres manejan como aman.
Claro, usted dirá: qué poronga tiene que ver la forma de amar con la de manejar?
Oiga, no me malinterprete, no me refiero al acto, a cómo cogen las minas... no se me vaya por la tangente. Yo sé que da para el chiste fácil... pero esto que digo es muy serio, y tiene lógica.
Las mujeres y los hombres aman de forma diferente. Los hombres aman, los hombres ceden, los hombres de hecho consideran que ceder es el acto más perfecto de amor porque andan dando amor. Envuelven a sus partenaires con el cálido sentimiento y cuando se enamoran ellas pasan a ocupar el lugar más alto en su montana de prioridades.
Las mujeres, en cambio, aman a quien las ama. Son seductoras, son atractivas, son lindas. Toman... son narcisistas. Las mujeres aman de forma narcisista. Ellas van por la vida (amorosa) demandando atención. Son caprichosas (la excepción justifica la regla. Conozco gracias a Dios varias hermosisimas excepciones), son egocentricas. Vienen y te dicen 'pero cómo no me viste? cómo no ten diste cuenta de que fui a la peluqería a cortarme las puntas?' Se entiende, no? por espejo o por rechazo se van a identificar.
Es decir, a grandes rasgos, las mujeres andan por la vida luciendo un agujero, los hombres van por la vida tapándolo.
Y cuando pude vislumbrar esta diferencia vi que se trata de eso. Las mujeres manejabn sus autos como a la vida amorosa. No les importa mucho el que viene manejando detras, no miran la mayoría de las veces el espejo retrovisor y si ocurre un accidente es el otro el que ha tenido la culpa. Entienden??? no manejan mal, no les falta pericia en absoluto. Las mujeres son mucho más prácticas y resolutivas que cualquier tipo, eso está más que claro, es sólo que no se dan cuenta. Van por la calle como diciendo: 'es obvio que acá estoy yo'.
Estoy muy equivocado? Es probable.
Yo sé que muchas mujeres se me van a venir al humo, sé que se van a sentir agraviadas en su fuero más íntimo.
Yo sólo replico mi teoría por este medio por si otro, como yo, necesitaba una respuesta.
salú!
Mi hermana estaba muy mal. Estaba muy triste porque se había separado de su marido. No podía más. Era una sombra, un despojo de sí misma.- No podría ser peor, mi vida está toda al revés. De un momento a otro se fue todo a la mierda y no lo puedo soportar.El marido de un día para otro le dijo que se quería rajar, que se había equivocado, que en realidad él no quería ser parte de esto de formar una familia y ponerse pantalones Légacy y vivir en un barrio cerrado y tener que cercar la pileta por los chicos, etc. Es lógico, lo entiendo. Yo tampoco querría eso pero yo calculo que me hubiera ido antes. Igual el tema era mi hermana que estaba triste.- Nunca he estado tan mal. Me quiero morir... - decía en un suspiro, mirando la incesante lluvia por la ventana. - Eso no es lo más triste - acoté.Me miró descreída, casi con indiferencia.- Lo más triste - seguí - es que se te va a pasar, vas a volver a la normalidad. Vas a conocer a otro ñato que se quiera casar y tener pibes, o vas a convertirte al punkismo y vas a salir a juntarte con otros que estén en igualdad de condiciones. No sé. Pero se te va a pasar.Ella volvió a mirar a la ventana. Lloraba.Tiempo después, unos cuantos meses, apareció en casa con un novio nuevo. Le brillaban los ojitos, estaba contenta, se le notaba.No volvimos a hablar de eso, de su tristeza, de su recuperación. No tenía sentido. Incluso me parece que se olvidó.Sin embargo yo me quedé rumiando, siempre me quedo rumiando con eso.Me alegro por mi hermana, ella ahora está feliz, pero a mi me parece triste, la situación me parece triste porque no dejo de pensar que incluso de aquellas situaciones en las que creemos que no va a poder suceder nada más, incluso de los peores momentos, uno sale, sigue adelante e incluso se olvida, y disfruta. Y no puedo dejar de pensar, llámenme pesimista, dramático, en que al final nada de la vida, nada de nada, tenía tanto sentido.