martes, 11 de noviembre de 2008

''El deseo es una equivocación''

Ahora que me separé de Luis, voy a ir a buscar a Juani. Ese sí, ese es el hombre de mi vida. Me acuerdo cuando estabamos juntos, era una fiesta! tan buenmozo, tan inteligente. Me acuerdo que veía sus ojos, ''ojitos de caramelo'' le decía porque me conmovía tanto que los pelos de la nuca se me erizaban. No sabés cómo extraño esas charlas, horas de conversar, de intercambiar conceptos, ideas... me dejaba mirándolo y pensando ''cómo puede saber tanto''. Ni hablar que los revolcones más sucios y reventados los he tenido con él. Nos separamos, nos distanciamos una vez después de varios años, idas y venidas, desencuentros. Bueno, vos te acordás. Es una pena, aun extraño el gusto de sus besos entre vino tinto y tabaco, el perfume de los abrazos, la voz...
Luis, pobre... Luis es bueno, pero es tan simple que... no sé. Me dio muchas cosas, me acompañó y eso que siempre fui medio hija de putas con él, así, yegua que no le dejé pasar una. Y él más se quedaba. Vos sabés que no lo quería realmente, qué se yo. Vino en un momento de mi vida en que yo me dejé llevar, y bueno. Llegué más lejos de lo que me propuse. Pero ya pasó todo eso, ya estoy aca, con las puertas abiertas adelante mio mostrándome todos los caminos posibles a tomar, todos ellos repletos de libertad, fresca libertad, posibilidades infinitas, proyectos y oportunidades. Nueva vida. Y voy a buscar a Juani, me decía inquieta. La ayudé a encontrar al susodicho, cosa que no fue nada difícil por sobrados motivos. Hablaron por teléfono y quedaron en encontrarse en un bar.
Ahí fue nuestra primera cita solos, me decía toda exitada mientras se ponía rimel.
La acompañé hasta el bar, la dejé unos pasos antes, y me quedé esperando. La vi llegar a la puerta, mirar hacia adentro, dar media vuelta y volverse. Palida de la desilusión.
Fue horrible, cuando miré hacia adentro vi un despojo sentado en una mesa, pelado, canoso en lo que le quedaba. La vida ha hecho una brochette con él y me ha devuelto eso que vi. Arrugado, transpirado, con la camisa abierta hasta el ombligo. Fumaba con desesperación, en el medio de la mesa había un cenicero repleto de colillas y una cerveza por la mitad. Tenía la piel opaca... fue desvastador. No pude entrar.
Le pregunté si estaba segura de que era él. Sí, era él, los ojos eran los mismos, salvo que ya no se parecían a caramelitos, estaban como asqueados, más bien eran soretes de perro. Mientras me decía esto, buscaba algo en su cartera. Le pregunté qué necesitaba.
El celular, para llamar a Luis.

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