martes, 16 de diciembre de 2008

El atroz encanto de ser mediocre.

Voy caminando por la calle y veo, primero, una pareja besándose descaradamente en un banco de una plaza de barrio, ambos dos, ella y él, de uniforme escolar.
Más adelante me cruzo con un tipo vestido de payaso arriba de unos zancos que, luego de que el semáforo mutara a un verde esperanza, iba hacia la otra esquina para encontrarse con ella, una chica en igualdad de condiciones, con el único fin de acariciarte la frente.
Más tarde, dos punks, con sus borceguíes y su ropa negra, su cara pálida como una nube, en silencio se miraban, y ella apoyaba su cabeza en el oscuro hombro de su compañero.
En un bar, dos individuos a quienes no les quedaba un blanco en la piel, llenos de dibujos tatuados por vaya a saber cuál motivo, juntaban sus manos en el medio de la mesa. Y también las miradas.
En la esquina de mi casa, un señor se sube a su auto, lujoso y tremendo, llamativo e importado, hablando por su i phone, dejando su maletín en el asiento trasero, acompañado de una señorita de unos 23 años de piernas kilométricas y minifalda milimétrica, vestida de uniforme, seguramente su secretaria
Ellos, todos ellos, tienen algo a favor. Todos ellos se reflejan, de ningún modo les resulta difícil encontrarse, juntarse. Fácilmente son llevados a su lugar de pertenencia. Quizá siquiera necesitan correr un riesgo.
Y yo, que tengo un poco de cada uno, que he sido un poco de cada cosa pero no he encajado en ninguna, sufro todavía y a esta altura las peripecias de tener que encontrarte.

1 comentario:

Alelí dijo...

Helena, con simples imágenes me recuerdas, con agua en los ojos, dónde coños estoy parada!
gracias!