Hay días en que todo a mi alrededor es un despelote.
Hay otros en que es una fiesta, otras veces sobresale la monotonía y otros días ni siquiera me detengo a ver lo que hay. También hay días que todo está patas para arriba.
Los peores, definitivamente, son aquellos en los que no se ve nada.
Hoy fue un día de esos.
Lo primero que hice fue andar por la calle abrigada hasta las pelotas, cargada hasta las pelotas, y hacía calor.
Luego me subí a un subte en el que la gente que había adentro del bagón quintuplicaba su capacidad. A la noche iba a tener una cita por la que me fui a depilar, limpié mi casa, organicé todo lo demás porque realmente la estaba esperando desde hace unos 3 meses y se canceló a último momento por una puta gripe.
Encontré hace unos meses un trabajo en el que se me redituaba en todos los sentidos, que me hacía feliz, que me prometía algo más que dinero, y en la primera de cambio, el responsable del lugar, mi jefe y el de todos los demás, luego de ofrecerme el oro y el moro me invitó a salir.
Entonces me fui a mi casa y me puse a llorar. El mundo se me vino abajo sin previo aviso y me puse a llorar. Prendí la radio y uno de los tipos del accidente de los Andes, uno de los 16 sobrevivientes de esa tragedia contaba, con una humildad filosa y sin dramatismo que él había podido seguir con su vida, que se casó, que tuvo hijos, que fue feliz a pesar de eso porque, tanto él como los demás allá por el '72 decidieron seguir, no morirse en el medio de la nada.
No quiero caer en el lugar común, pero la verguenza que me hizo sentir me puso adelante de la computadora a escribir esto.
Espero que sirva.
Pelotita
Hace 6 días

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