Salgo del ascensor una mañana. Estaba esperando que viniera mi taxi.
Y cuando lo hago veo que viene caminando un vecino, sonriente a pesar de la hora de la mañana y del frio afuera. El frio es inusual, es uno de los primeros del año. Nos cruzamos a un metro de la puerta del ascensor de donde yo salía y al que él entraba.
El portero me saluda con un efímero buen día y desvía la mirada hacia las puertas del ascensor, ya detras mio, y empieza a hablar como uno suele hablarle a un chico. Yo me doy vuelta al instante, sorprendida, y veo que caminando junto con mi vecino va su pequeñísima hija, en tamaño y edad, sonriendo, jugando, hablando, yo que sé.
No la había visto, no la había escuchado, no me había enterado de que estaba ahí salvo por el portero. Vi que llegó mi taxi y me fui.
Cuando se me pasó la sorpresa vino la congoja, porque si me pasa algo así en algo tan cotidiano como el cruce con mi vecina, entonces seguramente me pasa en todos los demás órdenes de la vida: por estar mirando sólo hacia un punto, me pierdo de todos los demás.
Ya adentro del auto me saqué los anteojos de sol.
Me hubiera gustado sacarme las anteojeras.
Pelotita
Hace 6 días

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