Resulta que yo vivía en una casa hermosa en las afueras del pueblo. Tenía un jardín amplísimo en el frente y una huertita, modesta y suficiente, atrás (si es que hay delante y detrás en las casas de las afueras del pueblo).
Mucho verde, muchos árboles, plantas de todo tipo.
Resulta también que yo tenía un novio y, después de un tiempo, decidimos vivir juntos y optamos por mi casa porque era mucho más cómoda y más apacible que su departamento chico y oscuro en la ciudad.
Todo muy bien, todo muy lindo hasta que surgió el primer asunto inherente a la convivencia, una diferencia. Él era medio fóbico con los sapos. Obviamente mis jardines estaban llenos, mucho verde, el monte, la humedad... se me pegaban como bicho al foco. A mi no me molestaban en absoluto, al contrario. En el atardecer el croar de esos bichos son una suerte de feng shui natural. Ni hablar en la primavera, cuando a eso de las 19.30, 20 salía a la hamaca que tengo al lado de la puerta de entrada con mi campari con jugo de naranja y mi puchito... una delicia.
Pero bueno, todas las tardes era una lucha por los pobres bichos hasta que, hinchada las pelotas cedí y y determinamos fulminarlos como si fueran una plaga.
Honestamente no podía escuchar más que me dijera que era una mala mujer por preferir a los sapos antes que a él, porque su salud mental era mucho más importante que cualquier cosa, incluso que yo. Que él había decidido mudarse conmigo dando así el paso más importante y determinante de su vida y que no podía admitir que yo lo tratara de esa manera, yo era una egoísta de mierda. Que bueno, que haga lo que quiera, que él iba a esperar hasta que no soportara más esa vida miserable y se iría, porque estaba cansado de hacer tanto por mi y yo...
Al día siguiente salimos a liquidarlos, no quedó ni uno.
Y finalmente la paz reinó en el hogar.
Hete aquí que a los poquitos días las cosas se pusieron para la mierda. Los tomates de la huertita se empezaron a poner feos, estaban como enfermos. El árbol de quinotos se me enmoheció todo, creo que eran hongos. De la huerta salvé menos de la mitad. Del jardín casi nada, una desgracia total. Qué escenario de mierda!
No me daban las manos para remover la tierra, cambiar de lugar. Me gasté un montón de guita en productos, tuve que contratar un jardinero que me peló el orto de lo que me salió. El motivo fue preciso: saqué los sapos y el equilibrio desapareció. Los batracios son una suerte de flit natural (tienen varias utilidades) y, al sacarlos, yo misma cavé su propia tumba.
Finalmente mi novio también se terminó yendo. Se cansó de que yo me dedicara con ahinco al jardín y a la huertita (más que a él) y, además, yo no paraba de echarle la culpa.
Pasado un tiempo recobré el equilibrio. De alguna manera los sapos volvieron y así el jardín (recuperé algunas plantitas, puse unas nuevas) y la huertita.
Y ahora, desde mi hamaca, viendo el atardecer y oyendo con alegría a los sapos croar me he puesto a reflexionar sobre el asunto.
En primer lugar, cuando la demanda es sin sentido no hay que hacer nada, porque en realidad no hay poronga que venga bien.
En segundo lugar, cuando una cede sin convencimiento, cuando uno llega a ese punto de inflexión ya no hay retorno, las cosas están destinadas al fracaso.
Y tercero, y en relación con lo anterior, no existen acciones sin consecuencias.
En este caso fue la decadencia de mi jardín y mi huertita, pero podría haber sido alguien, podría haber herido a alguien gratuitamente.
Hay que ser infinitamente cuidadoso. Cuando uno pone en algun lado mucho, es porque está sacando en igual cantidad de otro lado.
Eso es, precisamente, lo que no es gratis. Además, nada vuelve a ser exactamente igual que antes.
Me voy a preparar mi campari con jugo de naranja (que ya no acompaño con el pucho).
Cheers.
Pd: gracias, mil gracias a mis sapos que volvieron y me ayudaron a recomponer el jardín.
Pelotita
Hace 6 días

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