miércoles, 16 de septiembre de 2009

Ser o no ser

Estaba hablando con una amiga que habia ido hacia muy poco a Miami. (lo que hacemos las mujeres: ver fotos, ver qué compró, contar pormenores y pormayores, etc)
Hace unos años atrás me fui a Europa – le dije - Anduve por algunos lugares, todo increíble. Hubo algo que me atrapó que aun no sé qué fue. Algo como en el ambiente, en el aire...
- Argentinos. – me dijo tranquilamente ella.- Allá por las Europas no hay argentinos, No en cantidad, no en exceso como en Miami.Son fácilmente distinguibles, más allá del idioma:
- Cuando en la playa alguno o alguna estaba observando al de al lado, a modo de scanner, de forma exhaustiva.
- Cuando en el medio del mar (A los 20 metros de la playa el agua, tibia y verde agua y transparente como la gelatina, te llega hasta el cuello) hay dos tipos comparando patrimonios (o el tamaño de sus chotas, pero queda mal decirlo)
- Cuando entran y/o salen de AïX en malón llenos de bolsas, o vuelven locos a los vendedores que humildemente ponen la otra mejilla.
- Cuando en la playa se ve un contingente de personas, con sombrilla multicolor, entre 7 y 23 reposeras, 2 o 3 heladeras portátiles, mucha basura alrededor.
- Cuando un auto excede la velocidad y no para en ningún estridente cartel de ‘STOP’ a grito de ‘A mi los canas no me van a parar, yo manejo mejor que todos estos’
- Cuando en el aire se oye una histriónica y absurda queja.
Estuve con uno que me dijo: ‘Ocean Drive (que es una calle turística, un estilo Recoleta, llena de bares y restaurancitos) no da. Allí va todo el mundo. Nosotros no vamos ahí. A nosotros nos parece grasa. Nosotros, los argentinos, somos selectos, diferentes’.
Otro, que era una queja cadente y sin sentido, sin acentos, sin puntuación, dijo: Estos yanquis de mierda no tienen idea, son unos bobos. No saben cómo numerar las calles. Por eso me pierdo. Por qué no lo hacen como Punta del Este? (la meca de varios)
Y a todo esto, frente a nosotros se explayaba un mar cristalino y tibio, sereno como un sueño que te transporta a tu propio paraíso. La temperatura perfecta, las latinas en microtangas, todos sin prejuicio alguno disfrutando de lo que quedaba antes de que venga el huracán Erica, de que empiecen las clases.
Todo el tiempo un avión al menos surcaba el cielo. El aire era caliente pero limpio, no había bocinazos. No tenía otra preocupación que esperar que el día esté lindo para salir al ruedo – dijo, mientras elegía una factura del plato.
- Allí fue que descubrí la razón de ser de los chistes sobre argentinos – prosiguió – y te da un poco de bronca, o vergüenza. Y sin embargo al día 7 empecé a extrañar la contaminación sonora, los apretados viajes en bondi. La voz de Tinelli saludando a Latinoamérica, el chino de enfrente borrando la fecha de vencimiento de los yogures, Radio 10, mi casa, mis deudas. La extrema represión polite me estaba hartando, no escuchaba puteadas, no escuchaba gritos. Todo era tan correcto cuando estaba fuera de los círculos mencionados que aburría... Extrañaba Argentina.
Yo la miraba, no decía nada, simplemente afirmaba con la cabeza por hacer algo.
- Ojo – retomó luego de sacarse con la lengua el dulce de leche que le había quedado en una de las comisuras de los labios – no es una queja, eh? Es pura observación.
Y tragó.
Argentino se nace, no se hace.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Regla de tres inversa

Una amiga me contaba que el novio de fue a NY y le trajo regalos. Me dijo que el que más le gustó fue una bikini preciosa de Victoria's secret.
- La parte de arriba - me dijo- el corpiño, es hermoso, (o 'Bra', como dicen los norteamericanos) es divino y me queda que es una maravilla. Me siento la Coca en 'Carne', soy una diosa entre salvaje y casta, cuando me pongo ese bra me siento en parte Atenea y en parte Afrodita, una teta de cada una de ellas, uf, suspiro de la emoción. Pero la parte de abajo...
- La tanga... - me adelanto.
- Justamente, no tiene nada que ver con una tanga. Se parece a las bombachas de latex que me ponia mi madre cuando era chica. Un horror. Se debe parecer a las que usa la Coca pero ahora - Dijo compungida.
En nuestro continente el tamaño de la bombacha de los trajes de baño son un indicador de cultura y desarrollo- pensé -. Es evidente que mientras más abajo estemos en la Tabla de Desarrollo (o subdesarrollo, como dicen ellos) más chiquita es la tanga. En Mar del Plata me he encontrado con mujeres que cada tanto se miran la chaucha para serciorarse de que aun está ahi, de que está puesta, es tan chiquitita que se confunde con un alga marina, con un filamento de aguaviva.
En el Caribe las hijas de puta ya no se preocupan por usarlas, directamente salen a airear el asunto sin culpa.
La única excepción a la regla creo que es Brasil, cuyas nativas, no sé si por subir los morros, por bailar a cualquier hora del día o por lo que comen, tienen un culo tallado hecho por un ebanista de larga trayectoria, que brilla al sol (el culo, no el ebanista) y sonríe a cualquiera que se atreva a mirarlo (puede ser que nunca se recupere uno de eso). Digo excepción porque ese país, eternamente contento, ha escalado algunos puestos de la Tabla sin agrandar la prenda. Será que ya estaba instalado y con el pasado no hay nada que hacer.
En fin. Supongo que es eso, porque no hay un culo al aire libre en las playas norteamericanas ni de casualidad (hablo de las americanas per se) exeptuando en las revistas porno, que son consideradas una aberración por los gringos de las elites más polites.
- Debe ser eso - pensé en voz alta.
- Voy a mandar a arreglar esa parte. A la vuelta de casa hay una señora que lo hace. Sí, voy a hacer eso - Dijo, desconcentrándome.

miércoles, 26 de agosto de 2009

jueves, 20 de agosto de 2009

Como un rayo de Zeus

Una noche salí de trabajar.
Iba yo quejándome compungidísima, sintiéndome abandonada por la gracia divina, sintiendo piedad por mí. Ay, qué de cosas me pasan! - iba pensando.
En eso, a mitad de cuadra, una señora mayor, la prototípica abuela de batón, bolsa rayada de lona para el supermercado y pelo blanco, la personificación de la bondad, me detiene diciéndome:
- Querida, me ayudas a llegar a la esquina?
- Claro - y le puse el brazo en jarro, alguna vez escuché que hay que hacer eso.
- Gracias - me dice - es que no puedo caminar bien. Tengo artrosis y estas veredas de acá están tan rotas que tengo miedo de caerme.
La acompañé hasta la esquina.
A esa altura ya me había distraido de mi calvario imaginario. Me había sacado de todas mis cuestiones.
llegamos hasta la esquina.
- Gracias querida, muchas gracias.
- Quiere que la acompañe a cruzar la calle?
- No, gracias nena, no te quiero molestar más. Eso lo puedo hacer. Lo de la vereda me da un poco de miedo. Yo estoy sola y los mandados tengo que hacerlos igual. El único hijo que tenía murió, falleció por culpa del cigarrillo hace un mes, y me quedé sola.
Me saludó, me sonrió y se fue.
Yo no me podía mover. El corazón se me detuvo y no pude decirle absolutamente nada. Solamente le di un beso, la abracé un poco y la dejé ir aunque no quería, quería que se quedara ahí. Me sentí una conchuda, me sentí una caprichosa y caí en la cuenta de que estaba navegando en una absoluta pelotudez.
Esa escena fue, asumo, una intervención divina. Lisa y llanamente el universo vino y me pegó una patada en el culo tal que aún hoy me zumba el alma.
Tomá - es como si me hubiera dicho - para que aprendas. Sé más humilde y nuca más pierdas el foco.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Efecto mariposa

Resulta que yo vivía en una casa hermosa en las afueras del pueblo. Tenía un jardín amplísimo en el frente y una huertita, modesta y suficiente, atrás (si es que hay delante y detrás en las casas de las afueras del pueblo).
Mucho verde, muchos árboles, plantas de todo tipo.
Resulta también que yo tenía un novio y, después de un tiempo, decidimos vivir juntos y optamos por mi casa porque era mucho más cómoda y más apacible que su departamento chico y oscuro en la ciudad.
Todo muy bien, todo muy lindo hasta que surgió el primer asunto inherente a la convivencia, una diferencia. Él era medio fóbico con los sapos. Obviamente mis jardines estaban llenos, mucho verde, el monte, la humedad... se me pegaban como bicho al foco. A mi no me molestaban en absoluto, al contrario. En el atardecer el croar de esos bichos son una suerte de feng shui natural. Ni hablar en la primavera, cuando a eso de las 19.30, 20 salía a la hamaca que tengo al lado de la puerta de entrada con mi campari con jugo de naranja y mi puchito... una delicia.
Pero bueno, todas las tardes era una lucha por los pobres bichos hasta que, hinchada las pelotas cedí y y determinamos fulminarlos como si fueran una plaga.
Honestamente no podía escuchar más que me dijera que era una mala mujer por preferir a los sapos antes que a él, porque su salud mental era mucho más importante que cualquier cosa, incluso que yo. Que él había decidido mudarse conmigo dando así el paso más importante y determinante de su vida y que no podía admitir que yo lo tratara de esa manera, yo era una egoísta de mierda. Que bueno, que haga lo que quiera, que él iba a esperar hasta que no soportara más esa vida miserable y se iría, porque estaba cansado de hacer tanto por mi y yo...
Al día siguiente salimos a liquidarlos, no quedó ni uno.
Y finalmente la paz reinó en el hogar.
Hete aquí que a los poquitos días las cosas se pusieron para la mierda. Los tomates de la huertita se empezaron a poner feos, estaban como enfermos. El árbol de quinotos se me enmoheció todo, creo que eran hongos. De la huerta salvé menos de la mitad. Del jardín casi nada, una desgracia total. Qué escenario de mierda!
No me daban las manos para remover la tierra, cambiar de lugar. Me gasté un montón de guita en productos, tuve que contratar un jardinero que me peló el orto de lo que me salió. El motivo fue preciso: saqué los sapos y el equilibrio desapareció. Los batracios son una suerte de flit natural (tienen varias utilidades) y, al sacarlos, yo misma cavé su propia tumba.
Finalmente mi novio también se terminó yendo. Se cansó de que yo me dedicara con ahinco al jardín y a la huertita (más que a él) y, además, yo no paraba de echarle la culpa.
Pasado un tiempo recobré el equilibrio. De alguna manera los sapos volvieron y así el jardín (recuperé algunas plantitas, puse unas nuevas) y la huertita.
Y ahora, desde mi hamaca, viendo el atardecer y oyendo con alegría a los sapos croar me he puesto a reflexionar sobre el asunto.
En primer lugar, cuando la demanda es sin sentido no hay que hacer nada, porque en realidad no hay poronga que venga bien.
En segundo lugar, cuando una cede sin convencimiento, cuando uno llega a ese punto de inflexión ya no hay retorno, las cosas están destinadas al fracaso.
Y tercero, y en relación con lo anterior, no existen acciones sin consecuencias.
En este caso fue la decadencia de mi jardín y mi huertita, pero podría haber sido alguien, podría haber herido a alguien gratuitamente.
Hay que ser infinitamente cuidadoso. Cuando uno pone en algun lado mucho, es porque está sacando en igual cantidad de otro lado.
Eso es, precisamente, lo que no es gratis. Además, nada vuelve a ser exactamente igual que antes.
Me voy a preparar mi campari con jugo de naranja (que ya no acompaño con el pucho).
Cheers.

Pd: gracias, mil gracias a mis sapos que volvieron y me ayudaron a recomponer el jardín.

viernes, 7 de agosto de 2009

Filosofía

Agarrá un elefante. De chiquitito agarralo y atalo a una estaca más fuerte que él. Dejalo solo y esperá, vas a ver que en algún momento la pobre criatura empieza a tironear. Tironea una vez y se va a poner todo colorado y va a transpirar, hasta va a poner caras pero no va a desatarse.
Lo intentará una segunda vez, esta vez con más fuerza, más ahínco. Vos vas a ver que el infeliz está dejando el alma en ese esfuerzo y sin embargo seguirá sin poder. No va a haber una tercera vez porque no lo va a intentar más. En lugar de eso se va a tirar al piso y dormir.
Y si tenés la posibilidad y el corazón de dejarlo atado allí hasta que crezca, hasta que triplique, no, cuadriplique su tamaño y peso vas a notar que el animal de una patadita tiraría a la mierda la estaca y se iría a salticar por los valles y sin embargo no lo intenta siquiera porque cuando era chiquitito lo intentó y fracasó.
Ese es su registro, que no va a poder.
En cambio, nosotros, los pobres diablos, lo que entendemos de la inexorabilidad de la muerte y la padecemos, por lo general tenemos la cabeza más dura. Avanzamos.
Seguimos. Hacemos las cosas mil veces.
Gracias a Dios y lamentablemente lo seguimos intentando.
Es como dice el filósofo: sólo el hombre muere, el animal termina.
Igual, lo que te qiero decir es otra cosa, dejá el elefante y escuchame.
Ya intentamos, ya tratamos mil veces y salió mal.
Andate, plis.

sábado, 1 de agosto de 2009

Humano, demasiado humano.

Dicen, tengo entendido que los bichos, los animalitos, nunca cometen el mismo error. Es decir, si viene un gato y escarba en un enchufe y le da una patada que lo tira al otro lado del comedor y con los pelos erizados durante los siguientes tres días ni en pedo en su puta vida vuelve a meter sus garras en ese fatidico lugar.
En cambio yo (uno y todos) funciono a quejas. Todos los putos días voy a esa oficina de mierda, me siento en el escritorio del box que dice Ejecutivo de cuentas premiun y me dan ganas de bajarle los dientes al Gerente, que es Brad Pit y tiene 20 años menos que yo y está nuevo y tiene mucho muchísimo pelo y cada tanto aparece con la resaca después de la mejor noche del mundo, y tambien de cagar a trompadas al banana de al lago, el Oficial de tarjetas Gold porque es un reverendo pelotudo y no hace más que hablar del tamaño de su chota, y de violar a la maldita recepcionista que tiene un novio que podría ser mi hijo que la viene a buscar en una Hilux patente IDM. Forro.
La paso mal, realmente mal, y cuando cobro me quiero pegar un tiro en cada pelota.
Todos los días me frustro como un hijo de puta y me imagino escenarios maravillosos. Otra vida mejor.
Sin embargo cada noche preparo sobre la silla que hay al lado de mi cama el traje y la camisa para la mañana siguiente.
Dicen que una de las definiciones de locura es hacer siempre lo mismo esperando un resultado diferente. Lamentablemente es también una de las definiciones de Humano.