jueves, 16 de abril de 2009

Costumbre

El otro día estaba paseando con una persona extranjera. Cuando le hice la pregunta de rigor, cuando le pregunté qué le había gustado y qué no de Buenos Aires me dijo: Me encanta la vida de este ciudad, es pintoresca. Pero me llama la atención, mucho, la cantidad de basura que hay en la vereda. Sí, agregué, no tenemos instalada aún la conciencia ecológica.
No, más allá de eso, me refiero a las bolsas que se acumulan en las veredas, acertó.
En ese instante aparecieron, ahí, las bolsas de las que antes no me había dado cuenta. Muchas bolsas, kilos de basura en bolsas de consorcio, montones de repugnantes bolsas negras acumuladas en la calle que me mostraban un cuadro triste.
Me había acostumbrado y me dio verguenza. Verguenza ajena y después propia porque inmediatamente empezaron a aparecer ante mi, en mi, cuestiones viejas que habiéndose hecho carne se me habían vuelto invisibles. Cuestiones que se fueron camuflando entre las convicciones ya un poco marchitas. Incomodidades a las que uno se va acomodando por comodidad, porque es más fácil quejarse que laburar.
Y me volvieron a doler antiguas imposibilidades, me volvieron a molestar piedras viejas en mis zapatos.
La costumbre, pensé, es cómplice del fracaso.

2 comentarios:

Alelí dijo...

si hay verdades irrefutables, ésta sin duda es una de ellas!
Salú!

HB dijo...

viste que si.
la costumbre es como un jacuzzi, esta bueno, te masajea la espalda, te perdona.
el punto es que, pasado cierto tiempo, te puede llegar a matar.