Iba caminando por la calle, saliendo de mi casa. En eso veo un perro callejero, con cara de punga, petiso, flaco, porteño.
Estaba parado con las cuatro patas rígidas, estiradas, haciendo una caminata lunar pero sin moverse del lugar. El movimiento era enérgico, convincente, como si empujara algo para atrás, como si estuviera enterrando algo pero estaba parado en una vereda de baldosas rojas.
Me lo quedé mirando. Se dio cuenta y me echó un ladrido cortito y seco, como diciendo: 'qué mirás, salame?'. Yo le respondí 'no, yo...' y sin dejar de mirarme, con su cara de punga, murmuró algo por lo bajo y se fue.
Estimo que el perro se estaba deshaciendo de algo, estaba enterrando algo. Y yo lo interrumpí porque me sorprendió la facilidad, la determinación.
Los perros son buenísimos. Lo que a mi me lleva tiempo, meses, quizá años, ellos lo hacen con un revoléo de patas.
Así que ya saben, si por estos días me ven haciendo lo propio no me interrumpan, soy un poco menos paciente que el perro, y lo más probable es que me ponga a llorar.
Pelotita
Hace 6 días

No hay comentarios:
Publicar un comentario